«Hablamos para salvar nuestra vida, para apaciguar a alguien. […] Aprendí a mentir. […] Tocar varios instrumentos no era chic. […] Ya sabía que quería escribir. […] Me refugié en el lenguaje. […] En mi familia, tengo esa curiosa dicotomía, una mitad judía, la otra ultracatólica. […] Ya de niña mi padre me obligó a ver esas películas terribles sobre los prisioneros de los campos y las montañas de cadáveres. […] Era una deuda con mi padre y mi familia, una deuda que iré pagando mientras pueda. […] Hay que encontrar una forma artística o una forma del pensamiento para describirlo del modo más preciso posible. A veces intento llevarlo a un plano ridículo, pero solo para no enloquecer, para no desesperar, como alguien —un niño, por ejemplo— que se pone a cantar a toda voz en un bosque oscuro para acallar el miedo. […] Es lo que hago desde hace tiempo, pero nadie me cree. […] La reacción al premio [la concesión del Nobel de literatura en 2004] fue para mí un shock. […] Fue traumático verme puesta en la picota y humillada por algo público de lo que no tenía la culpa, porque yo no pedí el premio y tampoco me lo concedí. […] Solo es posible ser a escondidas, por así decir.»
Elfriede Jelinek nació en Mürzzuschlag en 1946.